El vendedor de vitrinas

El vendedor de vitrinas 

Humberto Cueva

La conoció porque vendía vitrinas para exhibir cosméticos y ella atendía una farmacia. Creyó ver a una mujer de veinticinco años, con una blusa estampada de círculos amarillos, un rostro que ni siquiera intentaba ser hermoso porque no usaba lápiz labial para colorear la boca y dejaba ver una cicatriz en la mejilla como una vieja quemadura.

         Ella lo miró y él vio que sus ojos no eran negros sino castaños y que lo miraban profundos, más allá de la fijeza.

        —Vendo vitrinas.

          Luego, sin querer ni venir al caso, dijo:

         —Hoy es mi cumpleaños. Cumplo veintidós.

        —¡Ah! —dijo ella, – ¡Felicidades!,-y al extender la mano encima del mostrador le dio un apretón firme, casi arrastrándolo hasta el tope del mostrador en medio de los dos.

             Días después fueron a una cafetería y ella no paraba de hablar de su vida.

         — Cuando tenía siete años topé con una sartén caliente y ésta es la cicatriz. A veces lo cuento antes de que me pregunten.

            Le tomó la mano y le pasó las yemas de los dedos por la cicatriz.

                 El siguiente domingo se encontraron para ir al cine y terminaban comiendo hamburguesas. Al tercer domingo dijo ella, bruscamente, a propósito de nada:

              —¿Cuándo le vas a pedir permiso a   tu hermana?

              —¿Permiso para qué?

               El siguiente domingo la llevó directamente al departamento donde vivía. Casi nadie lo conocía, pero los pocos que lo conocían se encargaron de llevarle la novedad a la hermana. Así que, poco después, Ernestina, su hermana mayor, fue en su busca para hablar seriamente del asunto.

                    — ¡Vaya! —le dijo — Apenas se conocieron y a la relación le salieron alas.

                    Permanecía callado, no sabía qué decir.

                  —¿Qué has pensado hacer con ella?

                 —No sé.

                —Bueno, podrían vivir como una pareja normal.

                —¿Cómo es una pareja normal?

                —¡Carajo! – dijo con molestia – ¿Tendré que ser yo la que haga los trámites de la boda?

         El siguiente domingo esperó que fuese de noche y, al abrazarla, creyó que era el momento oportuno para decirlo:

        —Vamos a casarnos.

        Ella reaccionó como si la hubiesen violentado.

          —¿Casarnos? ¿Casarnos para qué?¿Necesitas una mujer que te lave y te planche?

            Y se soltó diciendo muchas cosas más: 

            «Yo no quiero ataduras. Quiero vivir, amar con locura. ¡Quiero coger! Te puedo querer, pero quiero ser una mujer libre. Quiero escribir poesía y darme a conocer como artista. Tu quieres una esclava que se comprometa de por vida a servirte, que te de hijos y que te espere todas las noches con la cena caliente. No quiero encadenarme para el resto de mi vida. Si quieres… ¡tendrás que aceptarme como soy!»

           Al borde del llanto, se fue apresuradamente. Él quedó desconcertado; no esperaba esa reacción y no podía hacerse a la idea de que todos sus sueños y aspiraciones lo hubieran llevado a una situación tan estúpida.  Sentía pena de sus sentimientos y tanta era la lástima, que tuvo ganas de ponerse a llorar.

                    Ernestina insistió en que la ceremonia nupcial podía ser una ceremonia sencilla donde un representante del juzgado civil leería el acta matrimonial y ella se encargaría de los detalles del brindis. «No te preocupes». Le dijo eso y muchas cosas más, pero él fue contundente: no habría boda.

              Ernestina se desahogaba con Catalina, su amiga de toda la vida. La amiga, inteligente y atractiva, también viuda, era más comprensiva:

        — Los jóvenes de esta generación le sacan la vuelta a la cruz del matrimonio.

       —Pero para revolcarse en la cama no pierden tiempo, – replicaba Ernestina.

             Los hermanos mayores, a diferencia de Ernestina, tomaron la situación sin espavientos. «¿Cuál problema?», qué bien que se conocían antes de amarrarse para siempre, total, no sería la primera pareja en la historia que decide vivir sin estar casados.

      La pareja siguió en lo suyo. Los fines de semana ella lo invitaba a reuniones con sus amistades, gente culta. La primera reunión se había efectuado en un departamento moderno con pinturas abstractas en las paredes. El anfitrión contaba anécdotas del famoso cuarteto que cantaba El sargento Pepper’s, Submarino amarillo y Let it be… Los invitados, hablaban sin parar y se sentían felices de mostrar su amplia cultura y cada invitado tenía algún talento, excepto él. Ella festejaba cada ocurrencia o expresión de sus amigos. Sentados uno al lado del otro, él veía de reojo la sensualidad de su pecho ceñido por la blusa.

       Cuando los celos le estaban transfigurando las cosas, una tarde, al regresar al departamento, encontró un recado que lo derrumbó.

            «Me voy a la capital. Quiero encontrar un sentido a mi vida. Yo no soy la mujer que tú necesitas. Hay muchas mujeres, encuentra una que quiera ser tu esposa. Lucha por ser feliz. Te guardaré en mi corazón. Norma».

               Años después, el día de su cumpleaños cuarenta y dos, se despertó y miró su cara en el espejo donde se afeitaba y le pareció ver sus cuarenta y dos irrevocables años de vida decididamente disminuidos; ahora su vida flotaba con esfuerzo por el mismo río del que no se podía volver dos veces. Cada vez más ermitaño, solo la pasión de Catalina lo mantenía con vida.

         Un día de diciembre recibió un mensaje: «Me gustaría verte. Norma» Acudió muy puntual a la cita, con traje y corbata. Se trataba de un convivio navideño en la casa del mismo anfitrión, como si el tiempo se hubiese detenido. La percibió delgada, sin la frescura y la expresión de hacía dos décadas y sintió que su mirada trasmitía cierto aire de fracaso y culpabilidad.

           —Cuéntame algo, -dijo ella, pero él parecía tenso.

         —¿Cómo va todo?, -prosiguió nerviosa.

              Salieron a caminar. Había una plaza pública y se sentaron en una banca.

          —¿Qué tal te va? –insistió ella.                                      

          —Bien.

        —¡Cuántos recuerdos! Me parecía que íbamos a hablar sin parar hasta la madrugada.

        Ella veía de cerca su cara, buscando con intensidad el rostro del hombre de antaño, pero lo encontró vencido.

      —Cuéntame. ¿Cómo es tu vida? Sé que tienes una muy buena posición.

       —No sé…

         Él recordó todo lo sucedido y, de pronto, sintió tristeza y lástima de su pasado. Luego, sin explicación alguna, lentamente, se levantó de la banca y, sin mirarla, se despidió con voz quebrada:

         —Gracias por invitarme. Me dio mucho gusto volver a verte.

             Ella lo vio alejarse sin más.

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