Las Palmeras


Empezó a preocuparse. Tenía miedo de perder la poca confianza que había logrado; quería mantenerse seguro cuando le  hiciera preguntas.

     —¿Pedir una audiencia con el embajador? ¿Qué voy a decirle cuando lo tenga enfrente? — empezó ella a preguntar.

          La conoció el primer domingo que le dieron permiso de salir para regresar antes del anochecer. Era un domingo de abril y los guardias reconocían que incluso aquellos enemigos de la patria socialista merecían descanso los domingos si se aplicaban con esmero en los trabajos de la granja.

          Había caído ahí meses atrás y tuvo que aprender lo suficiente para sobrevivir en la granja porcina. Fue así como ese primer domingo de descanso se encaminó con los otros cinco extranjeros por tres o cuatro kilómetros dejándose llevar por el sonido de la música y el bullicio de aquella ranchería rodeada por plantaciones de caña. El lugar se llamaba Las Palmeras porque en la entrada había dos grandes palmeras a manera de columnas. Para llegar al salón de fiestas del cual provenía la música, había que recorrer un gran patio amplio, plano  y largo de tierra amarilla. A un lado del salón, una fogata que ardía permanentemente porque ahí depositaban las palmas secas y la fibra de los cocos. Dentro del salón, unas mesas y sillas ocupadas por guajiros alegres que bebían ron y jugaban con las fichas de dominó sobre las mesas. Algunos cantaban y muchos fumaban enormes habanos. Fuera del salón, bajo la sombra del faldón del techo de palma, algunas sillas y fue ahí donde la vio por vez primera a la distancia desde la entrada de las palmeras de la entrada. Leía un libro y tomaba una cerveza. Ella lo había mirado de soslayo y se dejaba contemplar. Se acercó lentamente, cual fiera sigilosa se acerca a una presa. No quería iniciar una conversación cualquiera o, más bien, las palabras no le venían a la boca; estaba necesitado de conversación pero no encontraba la manera de hacerlo o temía perder la oportunidad.

       Ella hizo como si no percibiera su presencia y siguió leyendo el libro de portada azul. Pasaba las páginas con lentitud, pausadamente. A veces se detenía y volvía a comenzar el párrafo. Por fin se volvió hacia él.

            —¿De dónde vienes tú? -preguntó ella.

            —Vengo de la nada – intentó ser gracioso.

        Ella fijó la mirada en la entrada de las palmeras que se veían pequeñas a la distancia.

            —  ¿De qué va ese libro?

            —Una novelilla  de Hemingway…

            Ella cerró los ojos y luego levantó la mirada al cielo. 

            —No me has dicho de qué va – insistió él.

           Ella le mostró la portada para que viera el título: El jardín del Edén y le dijo que podría prestarle el libro. Más tarde, supo que era médica o candidata a médica y que hacía su práctica en el hospital de Las Tunas, muy cerca de ahí. Se percató de que era una mujer joven, quizá un poco mayor que él o de su misma edad, ¡qué importa! Una mujer preparada, a no dudar,  todavía con la juventud suficiente para vivir con esperanza  las oportunidades de la vida.

          —Tú no eres de aquí. ¿Dime de dónde eres tu?

         —Te lo diré, pero…trata de adivinarlo.

        Ella atinó y, luego, él intentó demostrar su inocencia.

        —No tienes que darme explicaciones… Tampoco necesitas convencerme.

       Enmudeció entonces.

       —Ocurren cosas —dijo ella sin mirarlo.

       Luego quedaron callados. Después ella se levantó, caminaron juntos y salieron del gran patio de tierra amarilla. La tarde se dibujaba cabalmente en el paisaje. Ella continuaba caminando y al verla de espaldas, advertía su cuerpo sinuoso.

      —Allá está mi hospital – dijo ella, señalando la población próxima.

     Llegaron a un río cercano. Se detuvieron ante él y acabaron por recostarse en la grava de la orilla. Temía ofenderla, molestarla, llegar demasiado lejos o hacerla objeto de atenciones que podían echar a perder lo que apenas estaba comenzando. Había observado que los guajiros trataban a las mujeres con una franqueza desenfadada y que a ellas parecía agradarles. Ellos sabían cómo comportarse con las mujeres, pero ellos y ellas tenían sus reglas, sus santos y señas y maneras de hablar que él ignoraba. Más tarde, de regreso a la granja, pensó en ella; pensó que sería bueno volver a verla y conversar el siguiente domingo. Sí, qué buena idea, volver a verla el próximo domingo; la encontraría si se lo proponía. Recordaba sus grandes ojos. «Tiene algo en la mirada», pensó, y se quedó dormido.

        Una semana había pasado desde que la había conocido. Ella y él hablaban de pronto el mismo idioma, sí, aunque había muchas barreras del lenguaje, además de creencias, costumbres, supersticiones, y, sin embargo, había razones para buscarla y seguir comunicándose con ella. El siguiente domingo en Las Palmeras la fogata ardía desde temprano para asar los pollos de cada domingo. Cuando se vieron de nuevo ninguno de los dos sabía qué hacer. El calor se calmó un poco más tarde y salieron a caminar. Empezaron a hablar de cosas banales, se preguntaban cosas desacordes y olvidaban al poco rato lo que se habían preguntado. El viento refrescaba. Permanecían ante el río, sentados en la misma grava del domingo anterior. Se quedaron ahí quietos, como si esperasen algo.

        El tercer domingo había iniciado con una claridad indecisa. Había que esperar varias horas antes de que el sol, alto ya, liberado por las nubes, pudiera arrojar un rayo de luz por sobre las palmeras a la entrada. Alguien empezó a guitarrear y varios cantaban: De Alto Cedro voy para Marcané…

      Esperó a que ella llegara. Le alzó la mano para saludarla a la distancia. Cuando la tuvo cerca hablaron de la luz tan rara que había.

            —El tiempo está raro —dijo él.

            —Cielo despejado, sin nubes. Así dices tu. —dijo ella.

          La miró intensamente. Guardaron silencio. Su rostro mostraba preocupación.

          —¿Qué es lo que quieres de mí? —preguntó ella.

        No sabía cómo abordar el tema pero el punto era que si alguien reportaba su caso en la embajada, seguramente el embajador intervendría y entonces se le abrirían las puertas. Ella se soltó haciendo preguntas.

     Volvieron a verse muchos domingos más; comían juntos, paseaban por los alrededores.

      Estaba impaciente hasta el punto de que al abrazarla no quería separarse de su cuerpo, y ella, mientras tanto, seguía pensativa.

      Por fin, un domingo:

      —¡El embajador va a interceder por ti…! ¡Me lo prometió!

       Los rostros de ambos reflejaban alegría y tristeza.

       —¡Pronto serás libre!

      El amplio  patio de tierra amarilla de Las Palmeras, de tan extenso,  ahora se veía disminuido.

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