Vizcaya era el infierno ( El migrante)

 

 A mitad del Atlántico, en la noche más oscura de grandes olas, el cuerpo le temblaba y los ojos reflejaban la miseria del miedo. Arriba, un cielo negro, amenazante, infinito de estrellas, cubría el firmamento y, cuando el sueño lo vencía, despertaba con la pesadilla de un naufragio  dando manotazos en  aguas heladas. De esas horas de vigilia le quedó una secreta herida, el presentimiento de que su  viaje no tendría vuelta atrás, de que avanzaba en un camino sin  retorno.

           Venía arrastrando el miedo de tiempo atrás, un miedo que le nublaba los ojos y lo ataba de pies y manos mientras esperaba el momento de la huida. Había estado escondido en el zarzal a media legua de su casa, divisando el panorama sin dejarse ver. Su padre lo había llevado:

             — Hasta que los soldados se hayan ido, -así le dijo.

          Los soldados llegarían al pueblo y encontrarían las puertas cerradas tal como lo habían decidido los vecinos de Santurce. Las familias estaban en sus casas para no salir ya nunca, y tras de las puertas, las mujeres recitarían las aves marías y los padres nuestros, sin queja ni gemido, con una convicción que venía de lo más lejano de sus antepasados y que ahí permanecía apretando el rosario en el puño como quien aprieta la vida, agarrando la tierra entre sus dedos.

            Malditos soldados muertos de hambre. No habría nada para ellos, no habría pan ni agua. Nadie haría una señal, un gesto, para eso eran las puertas, para cerrarse. Ellos llegarían con mucha sed y mucha hambre pero ninguna puerta sería abierta. Todas las puertas cerradas. Toda la terquedad del mundo contra los intrusos. Que afuera se mataran  carlistas y liberales y se ahogaran en su propia sangre. No permitirían que se llevaran a sus hijos a morir en los frentes de batalla; se toparían con una muralla de fuego donde el empecinamiento estaba fijo como clavos de cristo. Había que encomendarse a Dios porque el odio era invisible, invisible y presente, como una espesa capa de aire sólido.

              —¡Llegaron las tropas !

            Al encontrar el encerramiento hostil, la soldadesca  procedía al saqueo. Desde el zarzal contemplaba el saqueo y temía que lo descubrieran y lo llevasen con una soga al cuello como a un animal capturado en la llanura. Si su padre los enfrentaba, y era capaz de hacerlo, significaría una justificación para que aquellos salvajes reaccionaran con violencia.

              Desde el escondite podía divisar su casa de techo de dos aguas con su eje perpendicular de la fachada principal. Ya no dormiría en la planta superior que era utilizada como almacén, tampoco comería la sopa caliente  que le servía su madre en  la planta baja, donde se ubicaba la cocina, tampoco probaría el postre de pan dulce con mermelada de higo que le obsequiaba Germana Jacinta cuando la besaba refugiados bajo la higuera.

         Permanecía escondido en el zarzal día y noche. En las madrugadas, a hurtadillas, Doña Manuela le llevaba huevos duros y un poco  de queso y pan. Él quería decirle que, en las noches, le rugían las tripas, pero cuando la tenía enfrente  se inhibía. «Mañana se lo diré,» pensaba. Ahora conocía el hambre por primera vez en su vida,  un tipo de  hambre diferente al que sentía cada  mañana al despertar para disfrutar el desayuno. En el escondite conoció un hambre que  producía dolor en las entrañas y  sequedad en la boca. 

          La madre lo santiguaba y le repetía la misma cantaleta:

          — Te irás con tu tío Miguel, pero luego él te traerá de vuelta cuando pase este infierno.

             El señor  Doucent, buen vecino,  le  había advertido:

          — Tarde o temprano te atraparán para la gleba si no te vas al extranjero.

         El extranjero, para el señor  Doucent,  era Francia, y llegar a Francia era  tan fácil como cruzar el Golfo de Vizaya. El padre de Tomás conocía el sur de Francia, la familia Doucent  tenía  parentela en Biarritz,  en la frontera francesa, porque Biarritz no estaba lejos de Bilbao y Germana Jacinta Doucent había ido muchas veces con sus padres a visitar a sus parientes. ¿Por qué no huir entonces  a Francia? ¿Por qué no huir los dos ? Era tan fácil como cruzar el golfo y llegar a la frontera.

           Don Andrés opinaba que Biarritz era una buena opción para Tomás, pero Doña Manuela tenía otra opinión.

           —Los franceses no son gente decente,-  sentenció en la intimidad de la casa.

       Para Doña Manuela el extranjero era América, al este del inmenso Atlántico. Allá, en América, había un puerto que se llamaba Tampico y ahí estaba su hermano Miguel de Orbe, quien podía hacerse cargo de su sobrino de dieciséis años.

        A Germana Jacinta no se le borraba la angustia de la cara desde que percibió que Tomás, inducido por su madre, se iría al nuevo Mundo. ¿Cómo impedirlo?¿Y si ella se fugara  con Tomás? Ella podría embarcarse con él, para ser su mujer y para vivir juntos en América, sería una vida diferente con una casa grande en las proximidades de alguna ciudad moderna. ¿Pensarían  que era una  mala hija y sus padres nunca se lo perdonarían como tampoco lo harían los padres de Tomás? ¡Qué importaba! ¡Que importaba lo que pensarían sus padres cuando supieran que se habían ido los dos! ¡Qué importaban todos!

           Desde el zarzal, vio llegar a los soldados que avanzaban por la avenida del Puente del Consejo, al  oriente del camino que conduce al Molino del escribano Vildosola  y al norte del barrio de Cavieses. Se robaron las gallinas y se llevaron los costales de trigo, el mijo y el centeno. Cuando por fin  se fueron, pudo salir del escondite y su padre le dijo:

               —Mañana te embarcarás en Bilbao porque a  esta guerra no se le ve fin.

          A media noche Don Andrés lo llevó a Bilbao. La madrugada estaba llena de nublazones y parecía que seguiría lloviendo sin parar.  Cuando se acercó al buque, el ruido del mar era más fuerte y se oía más cerca. Lo olía, como se huele el hedor de un río.

           —Cuando llegues a América, cuida de no equivocarte.

          Cuando era niño su padre le mostraba  los halcones peregrinos que surcaban el cielo de Vizcaya. Los halcones no se equivocan  porque está en su instinto no equivocarse en lo que hacen.

         —Vuelan lejos pero no se pierden.

        Al igual que los halcones, volaría al Nuevo Mundo, pero, ¿ qué sentido tenía zarpar a un mundo tan lejano? ¿Por qué no refugiarse en Francia en tanto la guerra terminara?

         Días antes de la  partida, bajo la higuera, Germana Jacinta lo enfrentó:

          —¡Dime que volverás!

            Lo dijo pegando su cuerpo al de Tomás, tan cerca, que el aroma perfumado de los frutos de la higuera embriagaron su sangre; Germana Jacinta  le había pegado el perfume de los higos  para siempre.

 

 

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